martes, 29 de julio de 2008

Datos históricos de Puerto Rico más allá de lo escrito

El tiempo, tal rayo relampagueante, en un abrir y cerrar de ojos, nos priva de ciertas historias no escritas. Relatos que revelan lo zarrapastroso, indigno e inmoral del trato a la vida, en tiempos pasados, en nuestro Puerto Rico. Ya nuestros ancianos están desapareciendo del mundo de los vivos. Con ellos se va la sabiduría y parte de la verdadera historia que trágicamente aún no se ha escrito.

No es mucho lo que puedo aportar pero, sé que otros pueden poner su granito de arena y quizás surjan nuevos relatos, verificables o no, que den luz sobre lo que realmente paso en nuestra isla en los siglos XIX (19) y XX (20).

Según le contaban mi abuelo y mi tía abuela, a mi madre, y que luego ella misma en sus días de juventud pudo vivir para confirmar, bajo el dominio español - mis abuelos - y luego bajo el dominio americano - todos ellos - vivieron en Puerto Rico épocas aterradoras de esclavitud, enfermedad y muerte.

Mis abuelos vivieron ambas épocas, la española, antes de la invasión de los americanos a la isla en el año 1898, y luego durante la nueva era colonial, bajo el yugo americano, del cual ya llevamos 110 años.

Mi madre, hoy con 94 años de edad, trabajó en talleres de explotación humana donde recibía solo centavos por largos días de trabajo, sin descanso ni piedad alguna. Las obreras puertorriqueñas, obligadas por la necesidad, tuvieron que trabajar, tanto en las fábricas, como en sus propios hogares convertidos en talleres del sudor, o esclavitud. Fueron arduas horas de trabajo día y noche, explotación cruel e inhumana. Todo este esfuerzo infrahumano solo para completar la tarea asignada y ganarse unos centavos adicionales por día.

Debido a toda esta atrocidad, las madres no podían enviar sus hijos a la escuela, por lo cual no recibían educación. Trabajaban en la casa día y noche, fines de semana, ayudando en la tarea de costura y bordado de pañuelos. Estos pañuelos eran vendidos a los europeos, por las compañías americanas, en cientos de dólares la unidad, precios exorbitantemente altos justificándolos por su calidad. La calidad de los mismos era excelente, pero las manos diestras de nuestras mujeres nunca recibieron la compensación justa y adecuada.

Nuestros jíbaros estaban sometidos al yugo explotador del colonialista y capitalista americano. Sobre esta explotadora y aterradora situación del ser humano en Puerto Rico, se ha escrito algo, pero considero que no lo suficiente. Indudablemente, esta parte de nuestra historia no figura en los libros que se encuentran en nuestras escuelas. Sería abrir una caja de Pandora. Provocaría un aumento en el número de nacionalistas puertorriqueños rabiosos y con ansias de venganza.

Me contaba mi madre, (Paula Santos Rodríguez Acevedo) que según le narraba su padre, en las piezas de caña, los capataces y listeros agredían a los obreros de la caña tanto física como verbalmente. Utilizaban un pequeño fuete de caballo para lastimar al obrero. La agresión física y el mal trato verbal eran las maneras y formas de obligar al obrero a cumplir con la explotadora tarea. El rico hacendado de la caña le imponía al capataz cierta cantidad de producción en toneladas de caña, cortadas en cierto determinado tiempo. Tenía que cumplir so pena y amenaza de despido, o bajarle la compensación, o de quitarle la casa que le daba en la hacienda. Este miedo obligaba al capataz a ser inhumano con el obrero cortador de caña. La rabia lo invadía al sólo pensar que por culpa de los sucios trabajadores, el fuera a perder su trabajo, o parte de lo que tenía. Los trataban de vagos, flojos, piojosos y les pisoteaban la dignidad diciéndole que por eso la mujer se las pegaba. Por esa razón se dieron muchos “machetazos” que costaron heridas y brazos.

También me contaba, que el rico hacendado de la caña le pagaba al obrero “con un vale de comida”. Estos vales tenían que redimirlos en el almacén del hacendado. El proceso era: al final de la semana de trabajo, ir al almacén a cambiar los vales por comida. En el intercambio el obrero siempre salía perdiendo. La cantidad de dinero que representaban los vales no alcanzaba para comprar todos los alimentos que su familia necesitaba para sobrevivir. Por esta razón el obrero tenía que pedir más alimentos, pero “fíaos” (a crédito), por lo que siempre tenía una deuda con el rico hacendado y se veía obligado a seguir trabajando para el mismo explotador patrono. El obrero, prácticamente, más que empleado, se veía secuestrado por su patrono.

Mientras en Puerto Rico se vivía este nivel de explotación y miseria humana, las grandes corporaciones americanas, de las industrias del azúcar, la costura y proveedores de provisiones y otros, lograban ganancias netas (aumento de la riqueza) sin precedentes en los Estados Unidos. Todo era bombas y platillos y la prensa americana reseñaba con orgullo los logros de sus empresas en Puerto Rico.

Sabidas las buenas nuevas en los gobiernos de los países de Sur América, estos llegaron a pensar que con tanto dinero que pasaba por Puerto Rico, gracias a las inversiones de las empresas americanas, el puertorriqueño tenía una vida de esplendor. ¡Que triste sorpresa se llevarían años más tarde!

La gran nación, portadora ante el mundo del estandarte de la democracia, mataba a trabajos forzados y hambre al jíbaro borincano.

Cuando la invasión de los americanos los puertorriqueños pensaron que la democracia había llegado a la isla. Pero NO fue así. Primero se estableció un régimen militar y luego se perpetuo la colonia mediante leyes que nos arrebataron todos nuestros derechos. Nos arrebataron nuestra autonomía, nos bloquearon el comercio, devaluaron la moneda y con amenazas de perderlo todo, nos arrebataron a precios ridículos nuestras tierras y haciendas.

Durante el dominio americano, fueron muchos los años, que las familias puertorriqueñas no tenían casi nada que comer, y los niños no tenían zapatos ni ropas que vestir. No podían ir a la escuela pues tenían que trabajar. No había hospitales y los padres perdían a sus hijos, mientras los bajaban de las montañas en hamacas o mulas, hacia otro pueblo a muchas millas de distancia, tratando de conseguir un médico que los atendiera.

Fue tanto así, que en el primer tercio del siglo pasado, el Presidente Franklin D. Roosevelt, en 1934 y posteriormente su esposa, Eleanor Roosevelt, visitaron la isla para evaluar la situación. Fue horrible lo que encontraron. Para atender los problemas de Puerto Rico, Roosevelt instituyó dos agencias que fueron clave en el proceso de aminorar las condiciones deprimentes existentes en la Isla, la PRRA y la PRERA. ¡Que irónico no!, esto fue parte de un plan de ayuda de corte socialista, NO CAPITALISTA.

Empezaron a llegar alimentos que daban la impresión de ser repartidos gratuitamente entre los puertorriqueños. Ese fue el escenario que dejaron las grandes compañías americanas. Hambre, necesidad, enfermedad y muerte.

Muchos puertorriqueños se sintieron agradecidos de los americanos y muchos perdieron de perspectiva que eran alimentados porque fueron explotados hasta la miseria y el sufrimiento. Pagaron los alimentos de la PRERA, por adelantado, con sus vidas.

¿Cómo le podemos llamar a toda esta atrocidad? ¿No es acaso explotación del ser humano con el fin de producir riqueza?

Entonces, el gobierno americano, que dejó mano libre a las corporaciones para que hicieran su agosto en la isla, tuvo que arreglar, con planes de corte socialista, lo que los grandes intereses habían provocado. "Maldito sea mil veces, coño". (perdón)

Como consecuencia directa de toda esa barbarie: explotación, crueldad y esclavitud contra el pueblo Boricua, la enfermedad y finalmente - la muerte - era la única recompensa piadosa que liberaba al infeliz borincano de su encarcelamiento y del sufrimiento que iba más allá de toda tolerancia humana.

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Me apaciona la historia de los pueblos, sus costumbres, su arte he indiscutiblemente... su música. Si algo odio en este mundo es el fanatismo ciego y estúpido. Creo en la democracia participativa y en la justa distribución de las riquezas del planeta. Pero creo, irremediablemente, que la extracción de las mismas no debe dañar nuestra naturaleza: fauna, ambiente y claro, al ser humano.

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