viernes, 13 de mayo de 2011

Fiebre del Oro en Canadá

Por Chip Cummins

WHITEHORSE, Territorio de Yukón—Desde 1975, Denis Jacob ha sido un "marcador de territorios" auríferos para clientes en compañías mineras. Pero nunca ha visto un frenesí como el que está ocurriendo en Yukón, en la parte occidental de Canadá y el lugar, hace más de 100 años, de una de las mayores fiebres del oro de la historia.


Jacob es parte de una banda pequeña y secreta de "marcadores de territorio" que recorren kilómetros en las montañas y bosques de la inhóspita área, clavando estacas de madera en la tierra. Durante años, han marcado y registrado terrenos para compañías mineras, las cuales luego tienen el derecho de explorar las riquezas subterráneas.

Conforme se ha disparado el precio del oro —que el 27 de abril marcó un nuevo récord de US$1.516,70 por onza— los buscadores de fortunas han hecho lo que en general no hacen: se han aventurado durante el espeluznante invierno del Yukón. Algunos descubrimientos recientes de oro han atizado la actividad.

"Tan pronto como subió el oro, todo cambió" dice Jacob, de 60 años. "La búsqueda de fortuna se ha vuelto salvaje, bastante salvaje".

En épocas recientes, las compañías han estado registrando alrededor de 15.000 reclamaciones al año, según un portavoz del gobierno de Yukón. Casi ninguna de tales reclamaciones se hizo en el invierno, dijo. Sin embargo, solo en marzo de este año, las compañías hicieron 18.472 reclamaciones, elevando el total para el periodo de enero-marzo a 34.022.

El gobierno de Yukón, a diferencia de buena parte del resto del mundo, requiere que un minero estaque su terreno a pie; las reclamaciones son luego ingresadas en una de cuatro oficinas de registro de minería en el territorio. Con el paso de los años, desde la gran fiebre del oro en la década de 1890, se han publicado normativas detalladas, incluyendo pautas sobre el tamaño de las estacas.

Usualmente, los marcadores de territorio hacen una pausa en el largo y frío invierno del Yukón. Avalanchas y temperaturas inferiores a los 28 grados bajo cero son apenas algunos de los peligros. En primavera, hay otra preocupación: osos pardos.

Pero esta vez, el invierno no ha disuadido a los marcadores. Cada mañana, un grupo al servicio de Jacob aborda uno de tres helicópteros, para ir a valles cubiertos de nieve y cumbres montañosas desarboladas. Luego marchan durante horas por sus propios medios, clavando estacas y marcando árboles. Las reglas son complejas, pero el trabajo esencialmente da a sus clientes los derechos de explorar bajo la tierra que estacan.

La compañía de Jacob, Coureur des Bois Ltd., es una de unas pocas que se especializan en estacar, entre otros servicios. Jacob no suele identificar a sus clientes, quienes no quieren que los competidores sepan en qué territorio están interesados.

El primer paso para marcar territorio implica con frecuencia una visita clandestina a una oficina de registro minero. "La gente viene cuando no hay nadie más, miran los mapas y hacen preguntas muy específicas", dice Janet Bell-MacDonald, registradora de minería de Dawson City.

El trabajo conlleva cierto grado de aventura y peligro. En noviembre de 2009, uno de los hombres de Jacob quedó enterrado en una avalancha poco después de bajarse del helicóptero. Un colega vio la antena de su radio manual y logró desenterrarlo.

Hace unas semanas, los hombres de Jacobs comenzaron a llevar equipos extra: dos latas de una sustancia química similar a un aerosol repelente de osos, para rociar como último recurso de defensa. También llevan consigo unos dispositivos semejantes a lápices que hacen mucho ruido para espantar a los animales.

Tyler Quock, de 24 años, uno de los marcadores que trabaja para Jacobs, ha tenido tres encuentros cercanos en un año en el trabajo. "Nunca he sido atacado por un oso", dice. "Pero aun así da miedo, aun verlo de lejos".

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Me apaciona la historia de los pueblos, sus costumbres, su arte he indiscutiblemente... su música. Si algo odio en este mundo es el fanatismo ciego y estúpido. Creo en la democracia participativa y en la justa distribución de las riquezas del planeta. Pero creo, irremediablemente, que la extracción de las mismas no debe dañar nuestra naturaleza: fauna, ambiente y claro, al ser humano.

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