domingo, 10 de abril de 2011

El Maestro Puertorriqueño Rafael Cordero y Molina

Pintura por Francisco Oller
1790 - 1768
Adaptado por Milton Laboy

Dijo el Maestro:

“No escribo nada en esta vida, porque no quiero recordar hoy el bien que hice ayer. Mis deseos son que la noche borre las obras meritorias que he podido hacer durante el día”
“Yo comprendo que está próxima la hora de mi muerte, que el Señor me llama; hace ocho días que no doy clases, esos niños necesitan el pan intelectual; yo no quiero lo que no es mío; descuéntenme ocho días que he dejado de dar clases, busquen otro maestro en mi lugar y rueguen por mi alma a Dios”.

Se dice; que entre los tiempos, por la infinita bondad de Dios, nos viene a la tierra un ángel lleno de sabiduría, amor y humildad.

El 24 de octubre de 1790 nació en San Juan el maestro Rafael Cordero y Molina. Hijo de esclavos libertos no pudo ir a la escuela con otros niños porque entonces no se aceptaban estudiantes de la raza negra. Leyes de los blancos.
No empero su pobreza y los obstáculos raciales de la época, sus padres -el artesano Lucas Cordero, natural de la ciudad capitalina de San Juan, y la arecibeña Rita Molina- constituyeron un matrimonio educado, amantes de la lectura, del saber, pero sobretodo profundamente cristiano. Por ello, sembraron en el intelecto y corazón del pequeño Rafael Cordero y de sus hermanas Gregoria, seguida de Celestina, un gran deseo por conocer más sobre lo que nos rodea y, especialmente, transmitir ese interés a los demás en un marco de virtudes cristianas.
En poco tiempo, Rafael se convirtió en un joven educado y diestro para ejercer como maestro de primera enseñanza. 

Para el año de 1810 el maestro abrió una escuela gratuita para enseñar a niños de raza negra. Para sustentar la escuela trabajaba como zapatero y tabaquero. El dinero que ganaba lo utilizaba para cubrir varias de sus necesidades básicas pero principalmente lo invertía todo en libros y materiales para los niños.

Su escuela fue la primera en América donde hubo una real integración racial. Niños blancos y negros y de diferentes clases sociales, todos juntos en el salón de clase. Su fama y virtud trascendieron los círculos de su vecindario pobre.

Los niños aprendían a leer con gran prontitud y corrección lo que asombraba a la gente. Pronto familias pudientes comenzaron a enviar a sus hijos a la casa-escuela de Cordero. A todos enseñaba catequesis, lectura, gramática historia, caligrafía, geografía y aritmética.
Puerto Rico breve - revista electrónica de Luis R. Negrón Hernández – narra, que como se le conocía, el Siervo de Dios, “comenzaba y finalizaba sus clases con el canto mariano del Salve Regina”

Según datos de la Parroquia Santa Teresita; La Sociedad Económica de Amigos del País le otorgó el premio de virtud que consistía en $100.00. Este hombre, que no podía ser otra cosa que un ángel bajado del cielo, con la mitad del dinero que recibió; vistió, calzó y compro libros para sus alumnos más pobres. La otra mitad la dividió entre los limosneros de la ciudad.

Se narra; “que un día llegó un pobre a la casa del maestro Rafael, en los momentos que él iba a almorzar. Al ver el triste y hambriento semblante del hombre y su vestido todo sucio, el Maestro decidió darle su almuerzo y regalarle ropa limpia”.

Este maravilloso ser humano, el Maestro Rafael Cordero, se dedicó a la enseñanza gratuita por 58 años. Antes de morir se aseguró que sus alumnos siguieran recibiendo la educación. Media hora antes de morir, llamó a sus discípulos y extendiendo sus demacradas manos sobre sus cabezas, los bendijo diciéndoles: “Hijos míos, a este pobre anciano que les ha enseñado cuanto sabía, no le queda más que un soplo de vida”. Momentos después, a las cinco de la tarde, expiró con una vela sellada y unos escapularios que le mandaron las monjas Carmelitas. Sus ultimas palabras, síntesis de su ejemplar vida fueron estas: “¡Dios mío, recíbeme en tu ceno!” y el cielo recibió el alma de unos de los seres humanos más extraordinarios que halla dado nuestra querida patria borinqueña.

Bajo su tutela, tuvo al luego abolicionista y político José Julián Acosta y Calbo; a Roman Baldorioty de Castro, que se convertiría también en abolicionista y líder autonomista; a Manuel Elzaburu y Vizcarrondo, quien fundaría el Ateneo Puertorriqueño y descolló como escritor, abogado y líder en el Partido Liberal; a Alejandro Tapia y Rivera, considerado el "patriarca de la literatura puertorriqueña"; entre otros muchos que supieron honrar a Borinquen y a su maestro negro, defendiendo a todos los puertorriqueños, en particular a los más pequeños del Reino de los cielos: los pobres, los esclavos, los perseguidos, los oprimidos.

Humilde, sabio, de profunda calidad humana, su corazón dadivoso no tenia límites para sus niños y el pobre. No acumulo riquezas en la tierra, sólo en el cielo. Su rectitud, amor por la enseñanza y los niños, le llevo a ganarse la confianza y aprecio de ricos y pobres, blancos y negros. Los conquistó a todos en la tierra y la gloria en el cielo.

¡Hay de mi tierra!; ¡hay de mi mundo!, ¿Por qué no existen muchos más seres iluminados como este… en nuestro ambicioso y cruel mundo?

2 comments:

Anónimo dijo...

Yo opino que si quedan seres iluminados y para mi ese eres tu. Tu eres ese ser humilde, sabio, de profunda calidad humana y con un enorme corazón dadivoso. Has sido mi maestro, mi inspiración. Si amo el aprender, la lectura, la cultura y la naturaleza es por ti. Te he visto muchas veces comprarle comida a gente en la calle (a gente pobre, deambulantes) y ayudar a personas en necesidad. Te he visto mostrar compasión por los que sufren, aún por los animalitos. Estoy muy orgullosa de ti. Siempre he podido contar contigo para todo. Gracias por todo lo que me has enseñado. En ti he visto un ejemplo de bondad, de lucha y de superación. Tengo el mejor padre del mundo, te amo papi.
Tu hija: Valerie Y. LABOY

Hecamet dijo...

Creo que ese es el mayor reconocimiento que puede recibir un padre, te felicito

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